42 Traición
El triunfo de la mano humana
A mediados de febrero de 1993, me encontraba en una clínica de fertilidad de un hospital de Los Ángeles, California, con Abbie, mi nueva compañera. En la sala de espera había unas cuatro parejas que, igual que nosotros, por algún motivo no podían tener hijos. Esta era la última opción: la fertilización in vitro.
La pareja que nos precedía era la de un actor mexicano que reconocí vagamente, bastante viejo ya, con su joven esposa que lo tenía agarrado de la mano. Entró la enfermera y le entregó una bolsita de papel kraft.
Venga conmigo, oí que le decía a la enfermera mientras salían al pasillo. Cuando termine, vuelva aquí con su muestra.
Pasaron cinco minutos, diez, quince, veinte; la pareja del actor, nerviosa, no paraba de hojear revistas. Por fin entró el mexicano, sonriente. La enfermera se enfundó unos guantes de látex y, con la punta de los dedos, con cierto reparo, recibió la bolsa de papel.
El siguiente era yo.
¿Te acompaño?, preguntó Abbie. Ni se te ocurra, dije en voz baja, sintiendo que todo el mundo me miraba. La enfermera me entregó mi bolsita y me llevó por el pasillo a otra sala.
En la salita, abrí la bolsa y vi un potecito esterilizado con mi nombre y deduje lo que tenía que hacer. En la sala, de color verde claro, había una cama, una butaca, un espejo en el cielo raso, una tele con DVDs pornográficos y muchas revistas de mujeres desnudas. En la mini-nevera, solo había agua, gaseosas y jugos. Lo que yo necesitaba era un buen trago y olvidar mis alrededores.
Sentado en la butaca de ese cuarto tétrico, no sabía cómo me las iba a arreglar para tener una erección y me compadecí del mejicano, pero a los cinco minutos, ya le estaba entregando mi muestra a la enfermera enguantada. Sin mirar a nadie, saqué a Abbie de allí lo más rápido posible.
No fue una experiencia placentera, pero lo que más me estremeció fue saber que mi semen iba a tener que pasar por “la prueba del hámster” para determinar si mis espermatozoides tenían suficiente movilidad y motilidad. No pregunté —ni me quería imaginar—lo que tenía que ver un pobre hámster con todo esto. ¿Qué le iban a hacer a esa pobre criatura? ¿Cómo iba a determinar un hámster si yo era apto para ser padre o no?
Soporté esa pesada incertidumbre durante 48 largas horas, bebiendo gin-tonics junto a la piscina en casa de los suegros, hasta que llegaron los resultados: salí aprobado. Era motil y móvil.
Luego venía el próximo paso: el de la Inmaculada Concepción, cuando tomaron 25 óvulos de Abbie y mis espermas, que ya tenían, y los metieron en una probeta para que hicieran su baile de la vida.
Bajo un potente microscopio, Abbie y yo pudimos ver la danza atávica, primaria y estremecedora de los cigotos fecundados que se movían, se estremecían, luego se dividían, formando más células llamadas blastómeros, que a su vez se dividían a una velocidad que mareaba. Me sentí pequeño, aturdido, sabiendo que de esa sopa hirviente iba a nacer nuestro hijo o nuestra hija.
A Abbie le implantaron cuatro de esos embriones y los demás quedaron en una súper nevera del hospital de Santa Mónica, a casi 0 grados absolutos, por si el experimento no funcionara a la primera. Pobrecitos, pensé, va a ser un invierno largo y frío.
Pero resulta que uno de los riesgos no es solo que el in vitro no funcione a la primera; también es posible que funcione demasiado bien y que todos los óvulos se adhieran. En ese caso, uno puede encontrarse con la sorpresa de tener cuatro mellizos o mellizas en un solo parto.
Regresamos a Managua, Abbie con su preciosa carga y yo sudando la gota gorda, pensando en cómo íbamos a hacer con cuatro mellizos… Pero la naturaleza es sabia. Una noche, a las 17 semanas del embarazo, Abbie expulsó una placenta. A los dos se nos vino todo abajo, pero a la mañana siguiente, en cuanto llegó su ginecólogo, el siempre sonriente Dr. Mendieta, y la examinó con su máquina de ultrasonidos, en la pantalla pudimos ver que no, que todavía quedaba un embrión que se agarraba a la vida como un trapecista a su columpio y era varón.
Me acordé de que a mi madre le había pasado algo muy parecido. Cuando estaba embarazada de mí, perdió un mellizo, pero yo sobreviví. Igual que entonces, ahora le tocaba a Abbie el reposo absoluto hasta el parto y a mí me tocaba cuidarla, como lo había hecho mi padre con mi madre.
El 28 de octubre, un jueves, a eso de las 10 de la noche, a Abbie se le rompió la fuente. Esa noche me tocaba cerrar el periódico y, en eso, ella me llamó a la oficina.
¡Ya llego! le dije. Esperáte que ya llego. No te nuevas. Estaré en casa dentro de una hora. Dos lo más. Te lo prometo. No te preocupes. Ya llego…
Estaba afanado tratando de cerrar el periódico lo más rápido posible cuando vi llegar a Carlos Fernando. No estaba de muy buen humor, como si lo hubiesen botado de una fiesta.
Andáte, me dijo. Andá a atender a tu mujer. Yo cierro.
¿Y cómo supiste?, pregunté.
Ya sabes, me dijo sonriendo, Abbie llamó a la Desirée y se lo contó.
Desirée Elizondo, la esposa de Carlos Fernendo, amiga de Abbie, era guapa y decidida, y cuando supo que yo no estaba en casa por estar en el periódico, soltó un improperio, algo así como “que pendejo”, y mandó a su marido a relevarme.
Me trató de esclavista y todo, dijo Carlos Fernando. Así que andáte ya y suerte. Llamá si ocurre cualquier cosa.
Llegué a casa y mis padres ya estaban allí, instalados, esperándome. Las contracciones eran cada vez más fuertes, pero no lo suficientemente seguidas, y no fue hasta las cinco de la madrugada que fuimos al hospital.
A las tres de la tarde del día 29 de octubre de 1993, nació nuestro hijo. Desirée estaba allí junto a mi madre.
Abbie y yo habíamos hablado mucho sobre nombres. Como ella era judía, habíamos pensado en nombres un poco bíblicos como Zack, Zacarías o Jake, de Jacobo, pero por fin nos decidimos por Benjamín Daniel. Benjamín, porque significa el menor; Benjamín, porque también era el nombre de mi tío abuelo, Benjamín Zeledón, un héroe nicaragüense; y Daniel, por mi abuelo y por mi seudónimo revolucionario. Finalmente lo llamamos Benjamín porque también significa ‘hijo de la mano derecha’. Y así fue. Benjamín fue el primer niño nacido in vitro en Nicaragua.
Pocos días después de recibir a nuestro hijo Benjamín, les escribí a Eduardo y a Helena Galeano, contándoles todos los pormenores del hámster y por qué lo llamamos Benjamín. Unos meses después recibí una carta de los Galeano en la que nos felicitaban por la “victoria de la mano humana” que Benjamín tiene enmarcada en su casa y cada vez que la vemos, nos reímos.

El BMW de Colosio
Al regreso de nuestro periplo por la clínica de fertilidad en Los Ángeles, el 23 de marzo de 1993, me tocaba estar de cierre otra vez y sin titulares para la primera plana. Estaba hurgando en la morgue de artículos recientes para ver si había algo que sirviera, lo que fuera. La televisión y la radio estaban prendidas a todo volumen para ver si pescaba algo mientras daba vueltas en la pecera, angustiado, cuando de repente, por CNN, salió: “Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI de México, fue baleado en Tijuana en plena campaña electoral y está en estado grave.”
Había conocido brevemente a Colosio durante una reunión de la Comisión Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), acompañando a Tomás Borge cuando aún estaba en el poder. Ambos simpatizaban, se llevaban bien y a mí siempre me había parecido muy joven para ocupar el trono del Águila Azteca. Era innegablemente carismático, jovial e inteligente. Por algo era el ungido del PRI.
Pero ahora, allí lo veía en la pantalla de la televisión mientras lo llevaban a un hospital en San Diego, inconsciente y sangrando. Se me vino a la memoria la vez en que Colosio llegó a Managua justo cuando Tomás estaba rifando su BMW 733i para recaudar fondos y financiar una escuela que había fundado, llamada “La Verde Sonrisa”. No sé si por suerte o por asignación, pero el vehículo se lo ganó Colosio. El BMW tenía su pedigree: había pertenecido a unos narcos colombianos que pasaban por Nicaragua a mediados de los 80 y Lenin Cerna lo había incautado cuando era el jefe de la Seguridad del Estado. Tomás, entonces jefe de Lenin Cerna, se lo quitó. El vehículo había sido plateado y Tomás lo había usado de vez en cuando como su vehículo principal cuando era ministro del Interior, pero ahora era negro y parecía nuevo. Parecía un tiburón, inquieto y poderoso, esperando que alguien lo sacara de su jaula. Y ahora se lo había ganado Luis Donaldo Colosio, pero no lo quería
Justo entonces, llegó a Managua mi amigo Héctor Zampaglioni, fotógrafo uruguayo, muy amigo también de Eduardo Galeano y de Tomás. Héctor estaba en las malas, no tenía trabajo, y Tomás le ofreció el BMW para sacarlo de apuros. Héctor, muy agradecido y para no hacerle un feo a Tomás, lo aceptó, pero no sabía qué hacer con el vehículo, ya que solo estaba de paso y no tenía dinero ni para la gasolina. Ni corto ni perezoso, le pregunté cuánto quería por el BMW y me dijo que necesitaba tres mil dólares. Fui a ver a mi padre y le ofrecí mi Lada amarillo por ese monto. Me hizo un guiño y los sacó del banco. Así fue que me hice dueño de ese vehículo legendario, que ahora me esperaba en el parqueo de Barricada mientras armaba la historia del asesinato de Colosio para la primera plana.
La llamada
Hasta mediados de 1994, todos los días había noticias, estrés y la vida seguía igual. Siempre estábamos atentos a cuándo nos iban a dar el aviso del cierre del periódico, ya fuera por las deudas que se acumulaban o por la decisión política del Frente Sandinista de sacar a Carlos Fernando de la dirección.
El viernes 7 de octubre de 1994, a eso de las 11 de la noche, estaba en la pecera con Noel, esperando que me trajeran la nota sobre un taxista asesinado en Sabana Grande, en las afueras de Managua. Solo eso me faltaba para cerrar la edición y pensaba que quizá podríamos salir temprano, cuando sonó el teléfono.
Es Tomás, para vos, dijo Noel.
Tomás quería que llegase a su casa en Bello Horizonte de inmediato, tenía algo muy importante que decirme,
Estoy de cierre del periódico, comandante, le dije. En cuanto termine, voy para allá; no sé exactamente cuándo, como en una hora.
Bueno, te espero. Pero apuráte. Es importante.
Después del cierre fui directamente a casa del comandante, a su oficina de siempre, que conocía tan bien. Llegué bastante pasada la medianoche, pero allí estaba, esperándome con un chileno, alto, delgado, de pelo negro. Me lo presentó y me dijo que era el representante de PIPSA, la compañía mexicana de papel a la que Barricada le debía una fortuna.
Los dos estaban sentados en un sofá en la penumbra de la sala, detrás de ellos había un cuadro enorme, bien iluminado, de mi padrino Julio Cortázar, hecho por el famoso pintor nicaragüense Óscar Pérez de la Rocha. Yo, sentado en una butaca frente a ellos, sentía que Julio me miraba directamente con esos ojos separados que Pérez de la Rocha había captado tan bien. Sentía que Julio leía mi alma y me reconfortaba.
Mirá, Daniel, dijo Tomás sin mucho preámbulo, el martes que viene vamos a sacar a Carlos Fernando y nos vamos a tomar Barricada. Hay mucha gente en el partido, en la Asamblea, en la rotativa y hasta en la redacción que está de acuerdo en que Barricada vuelva al partido. Ya todo está preparado. Tenemos a varios corresponsales de los departamentos alojados en el Hotel Estrella listos para ocupar los puestos de los periodistas que quieran irse con Carlos Fernando. Lo que quiero es que vos te quedés con nosotros y seas el director o el editor en jefe. ¿Qué te parece?
No puedo, comandante, Abbie y yo tenemos planeado irnos a Estados Unidos con nuestro hijo, mentí, consciente de la mirada fija y condescendiente de Julio Cortázar que me entendía.
Tomás me escudriñó un poco incrédulo. ¿Y cuándo es que te vas?
No lo sé todavía, pero pronto, muy pronto, volví a mentir. Dentro de un par de semanas, dije.
¿Nos puedes ayudar a sacar el periódico durante el tiempo que estés? Va a ser un relajo y necesitamos un poco de continuidad, me dijo.
Si, bueno, le dije de mala gana, pero va a ser difícil, porque ese periódico no solo lo hace Carlos Fernando, lo hacemos entre todos y va a encontrar mucha resistencia. Muchos nos identificamos con el proyecto. Además, Abbie y yo planeamos irnos en un par de semanas, dije.
Ya se que va a ser difícil, dijo Tomás, pero no te olvides hay mucha gente que no está con esa línea de ustedes y además el periódico es nuestro, carajo.
De lo demás de lo que hablamos ya ni me acuerdo. Quedamos en que le ayudaría por un tiempo. No había salido de la oficina y ya estaba arrepentido de no habérmele plantado; de no haberle dicho que no quería tener nada que ver con él ni con su nuevo periódico. En cambio, me escabullí cobardemente y ahora estaba frente a un dilema:
Si se lo contaba a Carlos Fernando, traicionaba a Tomás. Si no se lo contaba a Carlos Fernando, lo traicionaba a él, me traicionaba a mí y a todo el equipo.
No podía quedarme callado. Ese era mi periódico y no estaba de acuerdo con lo que hacía Tomás, ni con la Dirección Nacional ni con la Asamblea Sandinista, por mucho que la legalidad los asistiera y pudieran poner al director que quisieran en su periódico.
Detrás de todo eso, yo intuía que había algo más. ¿Por qué estaba el representante de PIPSA allí? Nada tenía que ver con ese asunto tan confidencial, ¿o sí? Me imaginé que Tomás, al sentirse relegado en la Dirección Nacional, quizá ofreció pagar la deuda de Barricada a cambio de que le entregaran el periódico, su nuevo juguete. Pero eso era pura especulación y lo que yo tenía que hacer ahora era avisarle a Carlos Fernando y aguantar lo que viniera después. Estaba arrinconado y sin salida.
Esa noche no dormí. Muy temprano por la mañana, fui al periódico y allí estaba Carlos Fernando escribiendo algo en su computadora.
Ajá hombre, me saludó.
Anoche hablé con Tomás y necesito hablar con vos, le dije.
Le conté que ya todo estaba listo para defenestrarlo y que sería el martes.
Esperáte, hombre. ¿Estás seguro? A ver, ¿qué fue exactamente lo que te dijo. Ahora sí tenía su completa atención.
Le repetí la conversación palabra por palabra. Puede que le omitiera mi mentira de irme a Estados Unidos con mi familia y que me había comprometido a ayudar a Tomás sacar el periódico por un corto tiempo.
Carlos Fernando ya sabía algo al respecto. Sabía, por otras fuentes, que lo querían sacar de allí, pero no sabía cuándo, y yo se lo estaba confirmando con los pelos de la mula en la mano.
Al día siguiente, el domingo, mientras desayunaba con Ben en mi día libre, vi la editorial de Carlos Fernando en Barricada y se me heló la sangre. Aunque no me mencionó a mí en ningún momento ni nada de lo que hablé con Tomás, Carlos escribió un mensaje a sus lectores, adelantándose a su destitución y defendiendo hasta el último día el periodismo que estábamos haciendo y su compromiso con los lectores.
Aun así, no tardó en sonar el teléfono.
¡Daniel! ¡Carajo! ¡A la gran puta, hombre! No creía que serías capaz de traicionarme, me dijo Tomás enojado.
Lo siento comandante, pero me puso en una posición imposible. Esa información se la contó al periodista de Barricada, no a su subordinado del Ministerio del Interior, dije tratando de defenderme. Tenía que contárselo a Carlos Fernando. No había de otra.
¿¡Cómo!?, preguntó incrédulo.
Yo ya no soy su subordinado, comandante, dije. Soy periodista de Barricada. Soy parte de ese periódico que ustedes se quieren tomar. ¿Me entiende?
Perfectamente, dijo y colgó.
Aunque sentí que no tenía aire en los pulmones ni fuerza en las piernas, que casi no me sostenía en pie, estaba aliviado. Solté mi carga, mi culpa y ese sentimiento de traición. Ahora, a lo hecho pecho y esperar a que llegue el día de la toma.
Mi hijo Ben estaba por cumplir un año y me sonreía. No tenía ni idea del follón en el que estaba metido su padre y nos fuimos a dar una vuelta en el BMW negro a la canción de Bruce Springsteen, My Home Town.

Qué bueno lo que hiciste! Duro, pero muy Daniel Alegría!
Un abrazo, querido Erik. Agradecido por estas historias de aquella Nicaragua que nos llenó de ilusiones, y que se nos echó a perder. Somos los vástagos del desencanto de esta Centro América.